Testigo de Vida: el árbol corotú que transformó mi forma de mirar

árbol de corotú en ciudad del saber panamá
 
 

El impulso de volver

Volví a ese lugar dos días después, atraído por algo difícil de explicar. Bajo un árbol de corotú, entre luces cambiantes y formas silenciosas, encontré un momento que transformaría mi forma de mirar.

No recuerdo la última vez que había sacado mi cámara para tomar fotos. Pero esa tarde, en un momento en el que muchas cosas estaban cambiando, sobre todo en lo profesional, llegó una especie de impulso.

Estaba con un amigo en una planicie llena de árboles, grama y naturaleza. Bajo un bohío, observábamos cómo la lluvia caía sobre cada hoja y era absorbida por las plantas a nuestro alrededor. Duró poco, como suele pasar en Panamá. La lluvia pasa rápido, sigue su rumbo y deja todo distinto por unos minutos.

Cuando terminó, me quedé mirando a lo lejos. Empecé a notar cosas que antes no veía. Sentí algo y le dije a mi amigo que volvería con mi cámara.

El corotú como testigo

Dos días después, a las seis de la mañana, regresé a ese mismo lugar. Ahí estaba un gran árbol de corotú, que fácilmente puede tener entre 75 y 90 años. El corotú, conocido científicamente como Enterolobium cyclocarpum, es un árbol grande y majestuoso, común en zonas del Pacífico panameño, en pastizales, áreas abiertas y bosques secundarios. En Panamá lo conocemos como corotú, pero en otros países de la región también recibe nombres como guanacaste, conacaste, caro caro, parota u orejón.

Su presencia impone. Puede alcanzar grandes dimensiones, con una copa amplia que da sombra y un tronco fuerte que parece guardar memoria. Sus frutos tienen una forma curva, parecida a una oreja, y de ahí vienen algunos de sus nombres populares en la región, como orejón o elephant-ear tree.

Sentí que ese árbol había sido testigo de muchas cosas, y algo en su presencia me llevó a observar más allá.

Una vida junto a otra

La mañana avanzaba. Llegaban aves, personas a ejercitarse, la luz cambiaba con el paso del sol. Todo se transformaba en formas, sombras y texturas.

Junto al árbol, había una palmera de tamaño similar. Me dio la sensación de que habían crecido como un matrimonio: distintos, pero unidos. Sosteniéndose, entendiendo sus diferencias, pero también que ambos debían crecer. Cada uno en su espacio, pero en conjunto.

Al inicio me acerqué con distancia. Caminaba alrededor, buscando perspectivas. Poco a poco, el árbol empezó a llamarme. Me fui acercando con la intención de capturar, con más detalle, lo que sucedía a su alrededor.

La luna entre las ramas

Cuando estaba justo debajo, junto a su tronco y el de la palmera, levanté la mirada. Entre un manto verde y un fondo azul, apareció la luna en el centro. Fue un momento casi irreal que me cautivó.

Llegó el momento de irme. Me sentía tranquilo por haber vuelto a ese lugar con mi cámara. Fue ese instante, debajo del árbol, el que marcaría un giro inesperado en mí.

Este árbol se encuentra en la Ciudad del Saber, Clayton, Panamá, detrás de la Casa Museo.

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