Lo que comenzó como el deseo de escuchar nuevamente a Gondwana con Quique Neira, después de veinte años, terminó convirtiéndose en una noche de música, fotografía y encuentros inesperados. Junto a Cultura Profética, reviví canciones que acompañaron mi juventud y despertaron emociones y recuerdos que siguen presentes. Entre mensajes de amor, familia y amistad, aquella noche me recordó cómo la música puede reconfortarnos y ayudarnos a reconectar con nuestras pasiones.
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Una noche con Gondwana, Quique Neira y Cultura Profética que me recordó cuánto puede acompañarnos la música a lo largo de la vida.
Esta frase de una canción de Los Cafres, una de mis bandas favoritas de reggae en español, describe bastante bien lo que pude experimentar durante el fin de semana.
Hace varios meses me enteré de que Gondwana realizaría una gira junto a Quique Neira, su vocalista original, después de unos veinte años. Sentí una enorme emoción y comencé a pensar cómo podía viajar a Costa Rica para escucharlos. Era una oportunidad que no quería dejar pasar, especialmente porque se trataba de una de las bandas que había acompañado mi juventud y contribuido a formar mi amor por esta música. Pasaron algunos meses hasta que anunciaron una fecha en Panamá, compartiendo escenario con Cultura Profética, otra banda que ha ocupado un lugar importante en mi relación con el reggae. Desde ese momento quise encontrar la manera de asistir, aunque no tenía nada asegurado.
Finalmente, casi a última hora y gracias a una amiga, logré hacerlo. Y de una forma que no había imaginado: con una acreditación como fotógrafo para capturar algunos momentos del concierto.
Lo sentí como un combo perfecto. Por un lado, disfrutar de la música que tanto me gusta y, por el otro, hacer algo que también disfruto muchísimo: fotografiar.
Quique Neira, durante la canción: Verde, amarillo y rojo.
La música y los recuerdos
Hay algo muy especial en escuchar música en vivo, sobre todo cuando se trata de canciones que has escuchado repetidamente durante buena parte de tu vida.
Muchas veces no somos conscientes de cuántos recuerdos están asociados a una canción hasta que volvemos a escucharla. De pronto aparecen personas, lugares, momentos y emociones que parecían estar guardados en algún rincón de nuestra memoria.
Eso fue precisamente lo que sentí aquella noche.
Escuchar nuevamente a Gondwana con Quique Neira, junto con las canciones de Cultura Profética, fue una experiencia que me conectó con distintas etapas de mi vida. Sentí alegría, emoción, bailé, canté con todos mis pulmones y hasta lloré. Habían pasado muchos años y, sin embargo, aquellas canciones seguían provocándome emociones tan intensas como antes.
Y es que el reggae tiene algo que siempre me ha atraído: sus mensajes de amor, paz, conciencia y respeto. La combinación del ritmo con las letras tiene una capacidad particular de hacerme sentir bien y, al mismo tiempo, invitarme a reflexionar.
El amor también estuvo presente
Hubo dos momentos durante el concierto que me hicieron reflexionar sobre el amor y la familia.
Hacia el final de su presentación, Quique Neira compartió la historia detrás de Sentimiento Original, una canción que compuso cuando se enteró de que sería padre por primera vez. Lo especial fue escuchar que, veinte años después, ese mismo hijo lo acompañaba durante la gira como corista.
Me pareció increíble pensar en todo lo que puede suceder durante ese tiempo. Una canción que nació de la emoción de convertirse en padre ahora podía ser interpretada junto a su hijo, compartiendo escenario y música.
Por su parte, Willy Rodríguez, de Cultura Profética, también habló sobre el amor y lo que representa poder formar una familia. Fueron palabras que acompañaron muy bien los mensajes que ambas bandas transmitieron durante la noche.
Si lo planeamos, no sale
Para acompañar todo lo que estaba sintiendo, aquella noche también me encontré con dos grandes amigos.
Lo curioso es que ninguno de esos encuentros fue planeado. Simplemente coincidimos allí, compartiendo una música que también ha formado parte de nuestras vidas.
Al terminar la noche, uno de ellos comentó:
«Si lo planeamos, no sale».
Me quedé pensando en esa frase. Durante meses había considerado viajar a otro país para asistir al concierto y, al final, todo terminó ocurriendo en Panamá, casi a última hora, con la oportunidad de fotografiarlo y compartirlo con amigos.
A veces nos esforzamos tanto por organizar ciertas experiencias que olvidamos dejar espacio para que las cosas sucedan. Esa noche me recordó lo valiosa que puede ser la espontaneidad y cómo algunos momentos inesperados terminan llenándonos mucho más de lo que imaginábamos.
Más que oír, escuchar
Estoy seguro de que cada persona puede experimentar algo similar con el tipo de música con el que más conecta. No tiene que ser reggae. Puede ser cualquier género, artista o canción que haya acompañado un momento importante de su vida.
Lo valioso es poder identificar esa música y permitirnos disfrutarla.
Vivimos rodeados de canciones y sonidos que nos acompañan mientras trabajamos, conducimos, hacemos ejercicio o realizamos cualquier actividad cotidiana. Pero hay una diferencia entre tener música de fondo y dedicarle tiempo a escucharla, entender lo que transmite y reconocer cómo nos hace sentir.
No quiero entrar en una discusión sobre los géneros musicales o los cambios que ha experimentado la industria. Cada época tiene sus expresiones y sus formas de crear. Sin embargo, sigo creyendo que hay composiciones que merecen ser escuchadas con atención, tanto por lo que transmiten como por el trabajo de quienes las crearon.
Quizás esta relación con la música también tenga mucho que ver con una etapa de mi vida en la que fui un apasionado baterista.
Durante aquellos años, pocas cosas me producían tanta satisfacción como reunirme con amigos para ensayar, aprender canciones y finalmente interpretarlas frente a otras personas. Dedicábamos tiempo y energía a preparar algo que luego otros podían escuchar, cantar y bailar con nosotros.
Haber estado de ese lado de la música me permitió apreciar todavía más lo que ocurre sobre un escenario y la conexión que puede generarse entre quienes interpretan y quienes escuchan.
Volver a conectar
Al regresar a casa, todavía con las canciones en la cabeza y la emoción de todo lo vivido, me quedé pensando en la importancia de mantener cerca aquello que nos apasiona.
Con el tiempo, nuestras rutinas, responsabilidades e intereses cambian. Algunas actividades que antes ocupaban una parte importante de nuestra vida van quedando atrás, muchas veces sin que nos demos cuenta.
Pero eso no significa que hayan dejado de ser importantes.
Aquella noche pude reconectar con la música desde varios lugares: como alguien que creció escuchándola, como antiguo baterista, como fotógrafo y, sobre todo, como una persona que simplemente quería disfrutar de un concierto.
Me gustaría que buscáramos más oportunidades para reconectar con esas pasiones. Que la música no sea únicamente una excusa para salir o escapar de la rutina, sino también un espacio donde podamos sentirnos cómodos, acompañados y conectados con nosotros mismos.
Mientras escuchaba a Cultura Profética, una de las frases de Días Intensos volvió a resonar conmigo:
«No temerle a crecer…»
Quizás parte de crecer también sea aprender a regresar, de vez en cuando, a aquello que siempre nos ha hecho sentir vivos.
